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domingo 8 de noviembre de 2009

Ella duerme



En sus prendas, en sus cabellos, hay un olor paralizado. Ella duerme con el rostro en lo alto de mis piernas, contra mí sexo. De vez en cuándo abre los ojos, me sonríe y vuelve a dormirse. Pienso, en lo mucho que quisiera alejarme de ella, pero no puedo, no podría hacerlo.
Me gusta verla dormir, pero siento unas irrefrenables ganas de despertarla. Sacarla de ese sopor con caricias en sus ojos, sus labios, cuello y terminar enterrando mí rostro entre sus pequeños pechos y saborearlos. Deseo volver a tenerla, a encontrarme dentro de su útero de nuevo, quedándome allí eternamente.
Noche tras noche me entran unas enormes ansias de poseerla. Me introduzco en la oscuridad de su sexo, como en un callejón sin salida. Invadiéndome una sensación angustiosa.
Todo en ella me incita. Ella logra cubrir con el olvido mí existencia.
Miro sus diferentes espacios, le doy la vuelta para verla y ella me mira, con esa mirada sorprendida tras la que me encuentro con una niña. Dejo de tocar su cuerpo. El color de sus ojos a veces es como una frontera infranqueable entre ella y yo.
Con un solo brazo la atraigo hasta mí. Su fragilidad me conmueve y me excita. Sus pechos quedan escondidos en la profundidad de mí pecho, pareciendo aún más pequeños. Me encanta amasarlos con mis manos, chuparle los pezones, succionárselos y mordisqueárselos con mis labios, mientras ella suspira de placer y gime. Nada en su cuerpo se mueve, ella se deja hacer…
Sigo mirándola. Recorro por entero su cuerpo, de tal manera que cada una de esas partes, son por sí solas testigo de su totalidad, la mano y los ojos, la planicie del vientre y el rostro, los pechos y el sexo, las piernas y los brazos, la respiración, el corazón, las sienes y el todo.
Siento estar atrapado en su laberinto, sin duda lo estoy y siento miedo. Ella lo sabe, por eso no dice nada, solo me acaricia y sonríe dejando que el tiempo pase.
Me levanto de la cama. Voy hasta la ventana y contemplo sin interés alguno los edificios grisáceos de enfrente. Pongo atención, busco entre todos esos edificios cercanos y lejanos una salida….
Ella duerme. Encogida, en esa misma posición fetal de siempre, en su propio refugio. Con ese dedo gordo metido en la boca y ese rostro que me pierde. Siento frío o miedo o tal vez sean la misma cosa.
Regreso a la cama y me tiendo a su lado con cuidado de no despertarla. Las sabanas aun guardan la tibieza de mi cuerpo y llega hasta mí el acre olor a semen del que se han impregnado.
Me quedo mucho tiempo mirándola. La miro y la descubro de nuevo.
Escuchando el ruido del mar que empieza a subir.
Saco ese dedo de entre sus labios. Ahora la beso con un simple roce de mis labios.
Abro los ojos precipitadamente. Siento angustia. Me he quedado dormido. Miro a mí lado y veo que ella sigue ahí todavía, respiro profundamente.
Esos son cada uno de los rincones de su cuerpo, el rostro, los pechos, el rincón impreciso de su sexo. Su mano se moviliza, hasta quedar sobre su sexo. Sus dedos acarician aquel lugar y entreabre esos pliegues vaginales, como si nadie la estuviera mirando. Mis ojos se posan sobre la hendidura de color rosado. Percibo ligeros estremecimientos en su cuerpo. Bajo sus propias caricias los labios del sexo se han hinchado brotando esos jugos viscosos que tantas veces he saboreado. Ella hace más rápidas sus caricias sobre su clítoris. Jadea y gime se retuerce. Sus ojos ahora se encuentran brillantes, febriles. Separa sus muslos para dejar su mano moverse a sus anchas. Sigue inmersa en un juego privado que yo respeto. Juego que ha ido provocando en mí miembro una erección que comienza a dolerme, pero no quiero detenerla. Nunca sabré si ella se masturba consciente o inconscientemente, parece estar tan lejos. Los estremecimientos ligeramente gritados que recorren su cuerpo se hacen cada vez más evidentes. Me acaricio sin parar, precipitadamente. Siento una irrefrenable necesidad. Por fin existo para ella. Me mira, me sonríe y me pide que me acerque a ella.
Cubro su agitado cuerpo con el mío. Se contrae, se repliega levemente incitándome
Ahora su sexo y el mío se enfrentan húmedos y ansiosos. Se acoplan perfectamente entre convulsiones y gemidos. Le acaricio el rostro...ella ronronea y gime... mí miembro penetra en sus profundidades, ajustándose entre movimientos. Ella se agita, se balancea rítmicamente. Sus pequeños pechos zozobran ante ese fuerte desasosiego. Mis manos los amasan, los acaricia, los golpea. Mis dedos pinzan esos diminutos y erectos pezones, los retuerce, entre profusos gritos y gemidos. La miro a través del verde filtrado de sus pupilas. El corazón me amenazaba con reventar. Siento que voy a correrme y se lo hago saber, quiero hacerlo con ella. Quiero precipitarme junto a ella. Quiero y deseo sentir su orgasmo haciéndolo mío. Con el rostro sudoroso me busca y sonríe, con un dedo le acaricio la comisura de los labios.
Vuelvo a sentir miedo. No estoy hecho para amar y ella lo sabe.
Ella exhausta vuelve a caer sobre la cama. El tiempo camina sin inmutarse.
La habitación se ilumina lentamente con la llegada del alba. El día comienza a asomarse por las ventanas.
Me despierto y ella ya no está. Se ha ido durante la noche. La huella del cuerpo está aún en las sábanas, está fría. Ya no queda nada más que yo en la alcoba. Ahora tengo lo que tanto deseaba o tal vez lo que tanto temía
Ella no volvería nunca. Podría buscarla en las en las calles, en terrazas en cualquier sitio, no, no lo haría….
El silencio me rodeaba exponiéndome las palabras que había decidido callarme.


Un día te diré



Un día te diré al oído “te deseo”
y con ello habré roto uno de mis miedos
ese que me impedía decirte lo que siento,
me atreveré a romper este silencio
que ha encadenado todo mi cuerpo
robándole vida a mis sentidos.
Un día te miraré a los ojos sonriendo
y te diré que quiero unir mi cuerpo a tu cuerpo,
te pediré que me descubras
con tus manos y con cada uno de tus besos,
derramándote por fuera y por dentro.
Sacaré de mi todos y cada unos de mis besos,
besos guardados durante tanto tiempo
y con ellos rociare sobre ti cada uno de ellos,
abriendo lentamente sensaciones
que deseabas desde hace tanto tiempo.
Yo iré calmándome entre abrazos, susurros y jadeos
ese desasosiego
mientras tú te pierdes en mí
y yo me pierdo en tu cielo.
Un dia me atreveré a decirte todo esto,
te deseo y ese deseo será quien mate mi miedo.

sábado 31 de octubre de 2009

Te echo de menos


            Te echo de menos. Añoro el calor de tu cuerpo desnudo junto al mío, tu abrazo de buenos días, los desayunos en silencio en los que mojaba mi sonrisa en tu mirada. La vida sin ti se ha convertido en un lugar frío y oscuro, en el que ya no hay un ramo de nomeolvides, ni notas en el frigorífico con corazones que adornan la lista de la compra. Hoy es nuestro aniversario. Una rosa de plástico sobre mi lápida anuncia que has comenzado a olvidarme.

lunes 26 de octubre de 2009

Como un rito entre mis manos

Un rastro de luz
va iluminando mi rostro.

Entre mis manos, una mañana más
como parte de un rito;
una taza de humeante café.
Fuera en la calle esta lloviendo,
puedo escuchar su sereno sonido.

Me veo en el espejo.
alli tras ese receptáculo me encuentro;
con el cabello enredado,
y en los ojos resquicios de sueño.

Un bostezo se me escapa.
Acerco a mis labios esa taza de café,
su aroma y sabor emergen
creándose así un sublime momento.





Un opaco paño cubre el cristal de la ventana.
uno de mis dedos en silencio
garabatos sobre el a ido dejando.

Asi sin advertirlo,
voy y me sumerjo en un alo nostálgico
que me impregna de sensaciones.

Regreso...del otro lado.

Escucho el repiqueteo de la lluvia.
Ahi siguen en ese cristal de la ventana
los garabatos que he dejado.
Recojo la taza de café ,
tanto la taza como su contenido
  ya se han enfriado.

sábado 17 de octubre de 2009

Tiempo para la evocación



Paula, desorientada, se detuvo ante la verja de hierro que había al final de la calle. Nerviosa, miró a su alrededor, sin que encontrase algo que pudiera resultarle familiar. Una vez más una especie de mano traviesa se había dedicado a ir cambiando las calles de sitio y a transformar de aspecto las fachadas desorientándola. Como una niña asustada, se puso a retorcer uno de los picos de su chaqueta, girando sobre si misma hasta que reparó en aquella verja, como si hasta ese preciso instante no hubiera estado allí. Con un caminar turbio, se fue acercando a ella, introduciendo su rostro entre los herrumbrosos barrotes. Su mirada recorrería el jardín y la casa que se encontraba al fondo, aunque todo se encontraba bajo la huella del abandono y el olvido, a ella consiguo hacerla sonreir.
Sus pies se dirigieron la llevaron hasta la entrada de ese jardin. Un sendero formado de piedras y recubierto de hojarasca y maleza la llevaron hasta tres escalones que antecedian a la casa y que el paso del tiempo habia mordisqueado. Volvio a buscar a su alrededor sin que se hubiera borrado la sonrisa. Tras ese breve parentesis subio uno a uno los escalones encontrandose con esa casa que como todo lo que la rodeaba se encontraba envuelta en un largo sueño.
Sus dedos siguieron retorciendo el pico de su chaqueta, mientras ella buscaba y buscaba con la mirada . Tras dar unos cuantos pasos tropezó con una cesta de mimbre reseca y medio rota que estuvo a punto de hacerla caer y que logró se asustase. De repente se fijo en el ramillete de flores que descansaba sobre una de las tapas de dicha cesta. Algo parecido a la emocion se adhirio a ella. Con dedos temblorosos cogió ese ramillete reseco y cubierto de polvo acercandoselo a la nariz. Volvió a sonreír, disfrutando de un inexistente aroma a violetas recién cortadas. Paula estrujó contra su pecho el ramo y fue a sentarse en uno de los escalones con la mirada perdida en el recuerdo de un tiempo que ni la enfermedad del olvido había logrado quitarle. En un joven que sonriendo la obsequiaba con un precioso y aromático ramo de violetas en un lugar idéntico a ese en el que se encontraba”

Fernando desde detrás de esos barrotes la había estado observando. Su mirada acuosa acarició tiernamente a esa mujer de cabellos blancos, piel estriada, sobre la que aún quedaban resquicios de la elegancia y saber estar de antaño. Le estaba tan sumamente frágil sentada en aquellos escalones, rodeada de maleza y desolación. Le costaba reconocer en ella a esa otra mujer con la que había pasado cerca de cuarenta años. La que fue su pareja, su amante y su amiga. De la que estuvo y seguía enamorado perdidamente.

Cuando el doctor le dijo lo que le ocurría a Paula, sintió un tremendo dolor, al imaginar lo que pendía sobre sus vidas. Se prometió cuidarla hasta que no le quedaran fuerzas. Desoyendo a aquellos amigos que le recomendaron que llevara a Paula a una residencia aun lugar en la que la supieran cuidar.


Fue duro enfrentarse a esa maldita enfermedad, a esos constantes olvidos. Percibir como uno a uno, se iban apagando los interruptores de las luces que habían iluminado su mente, hasta dejarla inmersa en la mayor de las oscuridades. Quedando exiliado de su memoria, convirtiéndose en un extraño…, carraspeó emocionado, humedeciéndosele los ojos.

Fernando, soltó los barrotes y se dirigió hacia la entrada a ese jardín y desde allí la llamó. En aquel silencio su voz resonó, consiguiendo que ella saliera de una de sus abstracciones y volviera a levantar el rostro. La hojarasca fue pronunciándose con sus chasquidos, tras cada una de las pisadas. Le tendió sus manos, que no cesaban de temblarle, dejando que toda su ternura se deslizase en ese gesto.

Allí estaba con las manos entrelazadas sobre el pecho, sujetando entre ellas un ramillete de flores, estaban tan prietas que tenía los dedos blancos.
La ayudo a levantarse y le ofreció el brazo para llevarla de nuevo a su casa. Antes de llegar a la puerta de entrada a ese jardín, Paula se volvió a girar hacia la casa. Sus dedos se fueron aflojando, dejando caer lo que quedaba de un desmenuzado ramillete de violetas.

viernes 16 de octubre de 2009

Ante el espejo




Otra noche más, me senté sobre la cama dispuesta a ir desnudándome con la misma apatía, con la que solía hacerlo a diario. En esa misma inercia que lleva consigo la maldita rutina, que a muchos llega a adormecernos.
Miré a mí alrededor, todo se encontraba en el mismo lugar en el fue colocado. Una vez más sentí que el tiempo se había detenido en aquél dormitorio, en cada una de las habitaciones de la casa, de mi vida.

Mis ojos fueron a detenerse en el espejo del viejo tocador, el que había pertenecido a mí abuela materna. En aquel receptáculo de cristal desconchado y agrietado, parecía como una especie de metáfora, en la que se encontraba como es paso del tiempo. Me vi atrapada en esa especie de lienzo. Siempre odie los espejos, se fueron convirtiendo en mis peores enemigos, por mostrarme con tanta crudeza, la realidad de la que desde niña había intentado huir. Sé que es tonto querer escapar de lo que es nuestra propia verdad, lo sé, como sé que mí comportamiento al hacerlo, no habla demasiado bien a mí favor. La mayor parte de las mujeres llevamos intrínsicamente en nuestros genes la coquetería, la necesidad de verte y sentirte hermosa, no tan solo para una misma , si no también para los demas..

El rostro de aquella mujer del espejo, parecía relajado, sereno. Las arrugas comenzaban a escribir sobre su rostro, esa parte del pasado que no tiene palabras. Me puse en pie y como en una abstracción fui hacia el para besar ésa imagen , lo acaricie lentamente y vi como ella repetía aquel mismo gesto que yo había ejecutado, lo que trajo a mí memoria aquel juego de cuando yo era niña, que consistía en repetir todo aquello que hiciese la otra niña, a veces hasta llegabas conseguir algún que otro cabreo...

las dos nos sonreímos. En esa sonrisa quise ver complicidad.
desabroche la camisa con lentitud, siendo imitada por ella. Una vez estuvimos desnudas las dos , me dediqué a comparar nuestros cuerpos. Sus pechos se veian descolgados , abatidos.. Palpé los míos, esperando no encontrarlos en aquel mismo estado. Toda mi existencia, todo lo vivido, se encontraba en cada uno de aquellos centímetros de mí piel flácida y opaca. En la fea cicatriz dividiendo el vientre, como si se tratara de una cesárea , puerta por la que una criatura llega a la vida, pero la realidad de ésa cicatriz era otra muy distinta se trataba de una sentencia a no poder engendrar, a no poder dar vida.

Odio los espejos , los odio , los odio, nunca me gusto mirarme en ellos….me han escupido demasiado cosas a la cara.

Me sentía extraña aquella noche, parecía estar desafiándome a mí misma. Desde hacia unos días me encontraba inquieta, confusa con lo que mis sentimientos intentaban trasmitirme, él había conseguido aquello, había conseguido sin saberlo que yo estuviera replanteándome muchas cosas…..

No, no debí mirarme en ese maldito espejo, debí acostarme como lo venia haciendo desde niña, sola, en una cama siempre demasiado fría , demasiado grande. Martilleándome la idea de que mí vida ésta incompleta, a falta de cosas a las que cualquier otra mujer debería tener derecho. ¡Maldita, maldita sea, se me ha hecho trampas, no, no es justo! De nuevo apareció la rabia , esa rabia que siempre salía cuando nos encontrábamos a solas.

Paseé lentamente mí mano por aquella piel ajada, trayendo una vez más la tristeza a mí rostro, Me encontraba en esa estación de mi vida, que le precede a la del Invierno.

A veces creo haber sido tan sólo un mero espectador y no protagonista. Me encuentro en la penumbra, velada por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también esta mujer que me observa desde el espejo. Conozco lo que siente, lo que anhela, sus incansables luchas internas, conozco cada uno de sus silencios, de sus deseos, de sus demonios internos, conozco de ella demasiadas cosas me temo…

siempre me quise ver como una mujer fuerte, capaz de todo, pero no era así, soy tan sólo una mujer que se siente sola entre toda esa multitud que la rodea. Esa mujer que dejó que fueran pasando uno a uno, todos los trenes de la vida y que no tuvo el valor necesario para subirse en ellos.

Tal vez he sido sin saberlo, una de esas mujeres que hace lo que se espera de ellas, aunque nunca he permitido convertirme en algo que odio… he intentado ser alguien diferente, alguien con principios, alguien a la que sus inquietudes le empujaran a querer avanzar, a no cerrar puertas ni ventanas, a no resignarse a vivir sin alas, esas que a una le crecen cuando alimenta día a día a su imaginación, la cuál acaba transportándola a sus propias fantasías. Pero a veces uno no hace aquello que en realidad desea, por qué las barreras que todos han sembrado inconscientemente, acaban impidiéndotelo.

Los ojos comenzaron a pesarme, era tarde.
Miré de nuevo a esa otra mujer, sonriéndole una vez más me despedí de ella, abrí la cama y me introduje entre esas frías sabanas…

viernes 9 de octubre de 2009

Emociones Sensaciones y un incipiente letargo.




Con los ojos cerrados he ido quitándome ese vestido, que en ese instante me molesta.
Desnuda, me he dejado caer sobre la cama.
La cabeza me da vueltas.
Mis manos, mis dedos ban en busca de arrancar a mi cuerpo estremecimientos sacudidas y para ello empiezan por acariciar mis pechos,por estrujarlos y pellizcarlos. Van cambiando de destino, buscando mas y más de ese tipo de sensaciones que lograran alterarme. Necesito saber…. si aun no he muerto.

Se inicia de nuevo ese creciente girar de la habitación... vuelvo a subirme en ese carrusel silencioso causado por los efectos del alcohol.

Escucho un llanto sofocado, es mi propio llanto.

Mi mano, esa misma mano, reémprende ese interrumpido recorrido, tras el que espero encontrarme.
El ruido intenso de la calle atrae mi atención tan solo por un instante.

Mi mano cargada de movimientos torpes, sigue deslizándose desesperanzada de encontrar respuesta. Todo sigue girando.

El desencanto, el cansancio van haciendome su presa.
Sigo acariciandome...cierro los ojos y voy cayendo en un agradable adormecimiento.

Un vomito recorre mi garganta, me sacude, me inunda , dejando su pastosidad y olor agrio sobre mi cuerpo adormecido y lagrimas sobre mi rostro..
Olvido. Olvidar. Tan solo eso...